El año que pasó trajo consigo más cosas de las que probablemente enliste aquí, ¿era lo que esperaba? No lo sé. ¿Más de lo que esperaba? Definitivamente sí. Evitaré dentro de lo posible ese tono de obituario y publicación sensacionalista que tienden a tener este tipo de publicaciones. Si no lo consigo, disculpe usted la falta de pericia de mi bolígrafo:
El 2015 empezó con más felicidad de la que pude siquiera imaginar y empezando febrero vino la más grande y honda de las tristezas (de la que aprendí aquello que dice Arjona: «y cuando estés en el fondo de los fondos ya verás que no hay camino que no sea el de subir»), una charla me descubrió totalmente distinto al que fui diez años atrás, confirmé de primera mano que no tengo demasiados amigos sino que tengo justamente los que necesito (y además, los mejores). Volví a Guadalajara cuatro veces semiconsecutivas en las que pude compartir momentos incomparables con la familia que elegí, comí lo que más me gusta, exploré nuevos horizontes a la hora de cocinar.
Mis primeros conciertos de la gira fueron en lugares llenos, mi ciudad le regaló un teatro lleno a mis canciones. Me grabaron artistas de muchos géneros y países, mis canciones sonaron en la radio y en la tele (y reviví varias veces lo que es estar cenando en algún lugar y que de repente pasen en la tele un video de una canción que tú escribiste y que todos los que van contigo la reconozcan y digan «¡Güey! ¡Esa es tu canción!»). Cumplí sueños pequeñitos, de esos que son ladrillos de una casa más grande. El internet me trajo a gente maravillosa que se salió del avatar, pegó un brinco a la vida real y hoy forman parte de la lista de los imprescindibles.
Disfruté un poquito más las pequeñas felicidades cotidianas, empecé proyectos que terminé, no he podido terminar de pagar mis deudas (pero ahí voy), me regalaron cosas, sorpresas y experiencias, me volví loco, retomé la cordura, me aislé, hablé con desconocidos en el metro, en las paradas de autobús y en los autobuses de los lugares a los que viajé. Escribí canciones en bares (y en servilletas), pude colaborar con gente que admiro mucho.
Perdí amigos, complejos, culpas, miedos y boletos de estacionamiento. Gané confianza, dinero, suerte y peso. Enfrenté el peor de mis temores dos veces. abracé más fuerte de lo que recuerdo haberlo hecho. Me pasé madrugadas enteras escribiendo. Hablé bien de quien habla mal de mí. Avancé en diez meses lo que no pude en siete años (recaí al poquito rato, pero ahí voy de nuevo). Probé muchas marcas de cigarros. Cambié de bebida favorita. Adoptamos otro gato. Comí ejotes por primera vez.
Planeé mi cumpleaños treinta con meses de antelación para que al final no se hiciera nada y saliera algo todavía mejor gracias a la gente que me quiere. Retomé contacto con personas que el tiempo, la distancia y las circunstancias habían alejado. Se me fortalecieron vínculos. Se me adelgazaron los pretextos. Consideré hacerme de mi primera tarjeta de crédito. Estuve a nada de comprar mi primera casa (pero le ganaron las alas a las raíces). Tuve una de las guitarras que siempre quise. No dejé de pasear a mis perros ni un solo día. Volví a la disciplina y bajé 14 kilos. Quise empezar el año siendo otro a la hora del espejo y me rapé con una maquinita.
¿Qué es lo que vendrá este 2016? Que lo que sea, me agarre bien vestido para la ocasión y con la compañía correcta (sea la mía o la de alguien más).
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