martes, 7 de octubre de 2014

Ya son 29

A ratos, uno quisiera pedirle al calendario que tuviera un poquito de decencia y fuera más despacio; otras tantas, la mayoría, saboreamos con gusto de sommelier el sabor añejo de cada uno de los años que nos han traído a donde hoy en día estamos parados.

En mi caso, tiendo a hacer recuentos de lo logrado, lo logrado a medias y lo no logrado; para darme cuenta que cada año son más y más las metas que voy tachando en la lista y ponerme más feliz que el año pasado.

En todos los terrenos las cosas buenas han ido floreciendo y las malas se han ido marchitando. Me he vuelto más yo y he aprendido a limitar al fantasma de la opinión externa. Mejoré considerablemente todas mis brújulas. Entendí el poder curativo del silencio. Solté de sus correas a mis complejos para que salieran a conocer el mundo y supieran que ni están solos ni son los únicos. Hice nuevos amigos. Trabajé con quien tenía muchísimo tiempo queriendo trabajar. Me construí un búnker al que llegó una mujer, lo decoró a su gusto y lo volvió un hogar. Reconocí que no era tan malo eso de ser bueno. Supe de altos vuelos y de impactos profundos. Me quedé queriendo y me fui. Mordí el polvo. Edifiqué ciudades que nomás me dediqué a abandonar. Reí hasta llorar. Lloré hasta reír. Volví al cigarro (pero nomás a ratitos). Hice. Deshice.

La vida es un deporte extremo, sí; pero también es un enorme parque de diversiones, una sala de estar, una bicicleta con rueditas, un vaso de agua de horchata, un balón para echar una cascarita, una almohada, un plato de caldito de pollo y miles de cosas de esas que lo hacen a uno feliz.

Cumplo veintinueve años, estoy a uno de los treinta y no me empuja ningún prejuicio.

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