Escribí muchas canciones con grandes compositores; así mismo, por mi cuenta y de menos, escribí una treintena de canciones que tenían mucho rato madurando y pidiendo a gritos salir. Mejoré mis habilidades al tocar el piano, aprendí a tocar el ukulele, perfeccioné las dosis de café y edulcorante hasta obtener el sabor preciso de mi café de la mañana.
Conocí a muchos amigos nuevos (principalmente de Twitter), algunos que tenía muchísimo tiempo admirando y queriendo conocer. Viaje y conocí muchos lugares, visité viejos amigos, volví a cantar en bares, releí unos cuántos libros, grabé mi disco, volví a compartir el escenario con la gente que más admiro.
Me enamoré una vez más (de una manera más fuerte y mejor) de la misma mujer.
Pude ahorrar dinero que luego me gasté. Aposté y perdí, me caí, me corté, me reí solo durante más de cuatro minutos leyendo, me conmoví con más de una película, me arrodillé a los pies de más de algún verso. Volví a fumar (solamente cuando escribo). Volví a beber por espacio de una cerveza. Volví a dejar de beber. Empecé de nuevo, calibré mis miedos, me callé más.
Hice todas esas cosas que se supone que hace uno cuando se convierte en adulto; pero dejándole a mi niño interior la puerta abierta y la resortera al alcance de la mano.
También es cierto que he dejado de ser lo que muchos considerarían un «buen amigo»: no hablo demasiado, me olvido de los días importantes, no asisto a las reuniones, me voy a dormir temprano; soy lo que la gente que sabe califica como un «ermitaño». Y no me disculpo; pero tampoco me avergüenzo, ya que lo poco (o mucho) que haya podido aprender de mí mismo, de la vida y de las letras se lo debo a esta cualidad de sobrellevar la soledad como a un mejor amigo.
Tengo gente a la que quiero y que (benditos ellos) no necesitan que se los esté diciendo cada dos minutos, lo saben y lo sienten, estén en la latitud en la que estén. Me mantengo apartado de la gente que no me aporta motivo alguno para sentirme feliz en cualesquiera que sean las circunstancias. Celebro y me pongo feliz sinceramente por los logros ajenos. Si no tolero algo, lo digo. Me llevo mejor que nunca con dios. Sufro lo menos que puedo, que quiero y lo menos que se note (que viene siendo lo mismo).
Vivo lo más apegado posible a mis propias reglas, mis propios términos y mis propios gustos, sin cruzar la línea con las reglas, los términos y los gustos de los demás.
Soy humano; tan humano como mis propias emociones y razonamiento me permiten ser.
En este 2013 que va de salida hago este recuento para sentirme menos inmóvil, menos frío y menos cuerdo. Para no olvidar que la vida y el mundo siguen girando aunque uno sea el que por gusto (o necesidad) se detenga un ratito.
¿Y el año que entra? ya veremos. Por hoy, hay que atarnos los zapatos.
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