martes, 19 de marzo de 2013

Vente conmigo.

La inseguridad había venido a formar parte de mi guardarropa habitual desde que tengo memoria suficiente. Dudar de una decisión, titubear en la ruta a seguir, tartamudear por desconfiar en la palabra que sigue, todo se había vuelto algo más recurrente en mí que una billetera a reventar o que una sonrisa que no fuera fingida. Ahora les vengo a relatar cómo fue que me metí a un cuadrilátero con dicha inseguridad y la molí a golpes, cual Julio César Chávez.

No había espacio para inseguridades en alguien que escribe canciones y canta delante de cierta cantidad de gente, el problema es que ese alguien (yo) no lo sabía; así que andaba de aquí para allá con sus inseguridades a cuestas, como si se trataran del periquillo rengo y desplumado de algún pirata de medio pelo.

Cada vez que escribía una estrofa o que cantaba un verso, repiqueteaban como campanas viejas de iglesia en mi cabeza las voces de mis compañeros de camada con comentarios como —horrible— o mejor aún —qué mal que lo hiciste—. Entre burlas y cuchicheos imaginarios, yo vivía amordazado de pies a cabeza con la idea de que no importaba cuánto me esforzara, cualquier cosa que yo hacía no estaba bien hecha.

Los meses pasaron y vinieron a hacer lo que siempre hacen: empeorarlo todo. Agarré una fobia terrible a crear y a que alguien escuchara lo que me había atrevido a crear recientemente. Debo haber arrancado y hecho bola unas tres libretas con cosas que escribía y que no me gustaban. Dejé de cantar en la mitad de los lugares en donde estaba cantando y en los que seguí, pedí que me pusieran en las horas en las que casi no había gente. Era yo un ejemplo absoluto de un Panofóbico.

La falta de costumbre al encierro y mi exceso de ganas de hacer el ridículo salieron triunfantes (otra vez) y al cabo de algún tiempo de autoexilio voluntario, volví a guitacanturrear por todos lados; eso sí, con las vocecitas a todo volumen.

Había que ponerles un freno de algún modo. El primer paso era aprender de John Nash el sutil, furtivo y noble arte de ignorar a las alucinaciones; una vez completado, había que desterrar el miedo y retomar el gusto por surfear hojas en blanco y cuadernos pautados. El avance era lento, pero seguro.

Me fui a vivir a Guadalajara y en la mudanza se me fueron de polizontes los fantasmas. Mi semblante siempre fue el de un tipo seguro de sí mismo como autor/cantante/músico, nada más lejos de la realidad: me daba pánico mostrar lo que hacía y cómo lo hacía; nadie debía notarlo o mi reputación como recién llegado y talentoso pueblerino estaría por los suelos.
Ya llevaba por dentro uno, así que no podía permitir un fracaso por fuera.

El único antídoto que conocía era ponerme de frente a lo que me daba miedo, agarrar aire y enfrentarlo; "tomar al toro por los cuernos" que le llaman. Mostraba canciones, cantaba y tocaba la guitarra frío y confiado por fuera, tembloroso y en derrumbes por dentro. ¿El resultado? Pasé tan desapercibido como un pingüino en un convento.

Con la vida caminando a paso de pentatleta, aprendí de los grandes a escribir canciones, diseñé una manera de cantar que se volvió mi estilo y fui llenándome los bolsillos con la confianza de que hacía las cosas bien. Las vocecitas ya no estaban (y si estaban, honestamente ya no las escuchaba).

Comencé a producir mis canciones en casa. Por necesidad (y muchísima terquedad), aprendí a tocar otros instrumentos que no fueran la guitarra para que mis grabaciones sonaran un poquito más "completas"; así empecé a tocar el bajo, algunas percusiones y empecé a tocar el piano, cosa que siempre (desde que me dedicaba a la música) había querido hacer. Hice muchas maquetas (unas buenas y otras malas) y se las mostraba lleno de orgullo a toda mi gente cercana. La voz se empezó a extender como lumbre en pasto seco: Odriozola estaba produciendo (no era ni tan cierto, pero bléh).

Una noche llegó a casa Adriana Santiago (amiga muy querida y talentosísima cantautora), quien necesitaba grabar una canción para entregarla a un cliente que se la quería comprar. Le dije que me la enseñara. Lo hizo. Le dije que yo la grababa, pero que me diera oportunidad de grabar las guitarras. Aceptó. Quedó en volver a la noche siguiente a grabar las voces.
Esa madrugada me la pasé programando un loop de batería, grabando guitarras acústicas y un bajo eléctrico. Al llegar Adriana, le mostré la maqueta. Quedó encantada. Grabamos su voz y me puse a editar y premezclar. Se la mandé por correo electrónico.

Nadie se hubiera imaginado que esa fue la primera de muchísimas colaboraciones por el estilo: Adriana me mandaba canciones por email y yo les diseñaba arreglos que grababa. Ella iba, grababa voces y yo editaba, mezclaba y enviaba canciones terminadas de regreso. Buen equipo, buena manera de trabajar.

Al cabo de unos meses, nos fuimos a comer a un Mc Donald's que había cerca de mi casa y comenzamos a platicar sobre discos que recién habíamos escuchado, luego sobre canciones y al final sobre nuestras propias carreras. Adriana me decía que le gustaba mucho mi manera de producir y que debería hacer algo un poquito más ambicioso que grabar solamente maquetas.
Poquito; pero volví a dudar y le dije que no estaba listo para tener un proyecto completo en las manos. No me creyó, actuó como si no hubiera escuchado lo que le dije y me soltó la bomba: quiero que tú produzcas mi siguiente disco.

Lo siguiente fue muy parecido al cielo: había diez canciones a las que había que sacar del rango de tiro de la guitarra acústica a secas y la trova y darles una identidad distinta. Permitirle a las niñas pequeñas que se pusieran el maquillaje de mamá (por decirlo de alguna manera), todo bajo la proposición mía y la aprobación de Adriana. Fueron semanas que eran una mezcla entre un campo de batalla y un lecho de rosas.

El disco fue tomando forma.

Arreglos que gustaban a ambos, unos que a mí sí y a ella no y viceversa. Había que ceder en algunas partes y en otras tirar fuerte. Así debe ser como los grandes equipos pelean las ideas, las propuestas y las identidades.

Terminamos el disco y yo me fui de Guadalajara. Era tal el impulso y la buena espina que me había dejado haber podido producir un disco con el que quedara contento a la par del cliente, que me decidí a dejar de lado la procrastinación que durante tantos años llevó las riendas de mi carrera en solitario y empecé a producir mi propio disco.

(De eso hablaré en otro post).

Las inseguridades siempre van a estar como piedra con la que nos vamos a tropezar o como trampolín para llegar más alto; depende de si somos de los que vemos el vaso medio lleno o medio vacío o si simplemente vemos el vaso. Punto.
El miedo a hacer las cosas mal sigue ahí, pero esta vez no permito que me detenga. Le pinto dedo cada vez que se asoma y me burlo de él en su cara. Me parece incluso que ahora es él el que me tiene miedo a mi.

PD. Si quieren escuchar (y comprar) el disco que produje para Adriana Santiago, den click aqui: Adriana Santiago — Vente Conmigo

PD2. Ya no sigo escribiendo en esta entrada porque tengo que ponerme a trabajar en mi tercer proyecto como productor.

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