A ratos, uno quisiera pedirle al calendario que tuviera un poquito de decencia y fuera más despacio; otras tantas, la mayoría, saboreamos con gusto de sommelier el sabor añejo de cada uno de los años que nos han traído a donde hoy en día estamos parados.
En mi caso, tiendo a hacer recuentos de lo logrado, lo logrado a medias y lo no logrado; para darme cuenta que cada año son más y más las metas que voy tachando en la lista y ponerme más feliz que el año pasado.
En todos los terrenos las cosas buenas han ido floreciendo y las malas se han ido marchitando. Me he vuelto más yo y he aprendido a limitar al fantasma de la opinión externa. Mejoré considerablemente todas mis brújulas. Entendí el poder curativo del silencio. Solté de sus correas a mis complejos para que salieran a conocer el mundo y supieran que ni están solos ni son los únicos. Hice nuevos amigos. Trabajé con quien tenía muchísimo tiempo queriendo trabajar. Me construí un búnker al que llegó una mujer, lo decoró a su gusto y lo volvió un hogar. Reconocí que no era tan malo eso de ser bueno. Supe de altos vuelos y de impactos profundos. Me quedé queriendo y me fui. Mordí el polvo. Edifiqué ciudades que nomás me dediqué a abandonar. Reí hasta llorar. Lloré hasta reír. Volví al cigarro (pero nomás a ratitos). Hice. Deshice.
La vida es un deporte extremo, sí; pero también es un enorme parque de diversiones, una sala de estar, una bicicleta con rueditas, un vaso de agua de horchata, un balón para echar una cascarita, una almohada, un plato de caldito de pollo y miles de cosas de esas que lo hacen a uno feliz.
Cumplo veintinueve años, estoy a uno de los treinta y no me empuja ningún prejuicio.
martes, 7 de octubre de 2014
lunes, 18 de agosto de 2014
Profeta en su tierra
Me llega a los ojos la noticia de que dos viejos lobos de mar hablan sobre la situación del oficio que nos compete. Me apresuro a buscar un dejo de hilo negro sobre el tema, proveniente de alguien con la madurez, los años y el callo de dichos personajes; no encuentro más que la sombra de un rencor tan burdo y simplón como triste y desdeñoso.
Comienza abriendo texto una retrospectiva basada primordialmente en apreciaciones personales y no en un trabajo de investigación sustentable y efectivo.
Le siguen las opiniones de estos paladines del eufemismo y la garlopa, que por creerse dueños absolutos del gusto y la decisión popular, vuelcan una ligera dosis de bilis sobre su café de las mañanas. Satanizan la mala memoria y la desafortunada falta de interés de un público que, en su mayoría (y no en su totalidad), ignora por completo quién es el autor de una canción y lo confunde de manera avasalladora con el intérprete. Aquí es importante puntualizar que, más que una cuestión de género musical (la llamada “trova” [sic.] por el respetable), es una cuestión de educación musical y cultural, ya que no es una enfermedad exclusiva de un género, sino que es una enfermedad que descascara todos los niveles de la llamada «canción popular».
(Sí, también hay quien pide «Mujeres divinas» de Vicente Fernández, «La diferencia» de Rocío Dúrcal y «Por debajo de la mesa» de Luis Miguel).
Luego viene la dictatorial (y negativa) opinión acerca de la élite socioeconómica que frecuentaba los garitos donde laburaban. (¿Mordiendo la mano que ponía el pan en sus mesas, muchachos?).
Me parece que conocer a un cierto tipo de público es igual que conocer la profundidad de una piscina: hay que meter los pies y mojarse, no sacar conclusiones en base a lo borroso que se ve el fondo desde la superficie. ¿Habla del público de los cantautores quien vive autoexiliado a cantar canciones de otros (cantautores, sí) para obtener el aplauso y la atención del respetable? Mire, no me venga usted a condecorar el sarcasmo.
Se habla del arte y se tira el comparativo lapidario. Terrible, triste y ególatra creer que la comparación debe ser en relación con la estatura del don y el oficio propios. No se les debería olvidar que la belleza no sabe de tabuladores ni de competencias; aunque ¿quién sabe? quizás es un Alzheimer beneficioso para su instinto Narciso.
¿Serviría de algo aclarar la parte dedicada a los reality shows “musicales” y al cliché del que corretea un sueño duradero con el atajo de la pantalla chica? Si usted me lo permite, creo que el chiste se cuenta solo.
Caballeros: la trayectoria, los éxitos y los fracasos están hechos para recorrerse, para pelearse y para llevarse orgulloso, como una cicatriz de guerra, no para mirarse y narrarse con nostalgia. Nubecillas de polvo le brotan a las anécdotas de sus viejas glorias. No caigan en el pelotón de los que creen que las cosas no suceden solamente porque no les suceden a ellos. Deberían atarse los cordones de los zapatos y aprestarse a dar un paso nuevo; ya no le quiten las manchas a las antiparras solamente para ver por encima del hombro el camino recorrido. Reinvéntense. Vuélvanse inmunes a las puertas que se cierran en la cara. Sigan de frente. Recuerden que un artista es tan bueno como su mejor obra, entonces enfrásquense en dar con el punto exacto de esa frase, de esa nota, de esa canción que anda correteando su capacidad, maniatada por los pretextos y las justificaciones.
Luis Odriozola.
(Un cantautor queretano que vive al 100% de sus canciones).
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